5. EL PALITO

 En aquella época tomé la costumbre de darle vueltas a los objetos cilíndricos, girándolos, con una sola mano. No es que quisiera hacerme majoret, simplemente me dio por ahí. Recuerdo que aquella tarde había fregado yo mismo el cuarto y me hallaba en el servicio devolviendo los aparejos de limpieza al hueco donde los guardaba Vicenta. Allí, junto a aquel recoveco, el palo de una escoba reposaba sobre la esquina de la pared. Me pareció un utensilio perfecto para practicar mis habilidades rotatorias, así que lo cogí por su mitad y procedí a imprimirle giros. Con esta ocupación llegué hasta el Trompi, pasillo en el que habitaba Titi. El Trompi en aquellos precisos instantes era un lugar inhabitable, auxino, inhóspito para la vida: había recibido la visita de Miguelón. Pero ya era tarde para mí, había cometido un craso error: me había adentrado demasiado. Tapándome la nariz con una mano corrí hacia la puerta de Titi, aporreándola con impaciencia, desesperadamente. Titi me abrió al instante, me empujó al interior de la habitación, y cerró rápidamente. El escenario era dantesco. Eulogio, Alf y Colorines sacaban la cabeza por el ventanal abierto mientras Titi mojaba una toalla y taponaba con ella el hueco entre la puerta y el suelo. Habían quedado atrapados en aquel dormitorio y luchaban por respirar... Pasadas las primeras angustias, el palo que traía llamó su atención, así que me lo arrebataron y comenzaron a jugar con él, esgrimiéndolo cual espada, golpeándose entre ellos o tirando de sus extremos para quitárselo al amigo. Les faltó chuparlo. Visto que no podía recuperarlo y que les servía de distracción, me desentendí de él. Cuando se les pasó la tontería, charlamos animadamente, como siempre lo hacíamos, sobre cualquier cosa. Así pasamos la tarde, sitiados, hasta que, llegada la hora de la cena, el hambre nos obligó a realizar una salida desesperada.

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