4. MIGUELÓN

 No es que estos temas escatológicos sean de mi agrado, pero cuando se reside interno en un colegio mayor durante un año es inevitable compartir baño y retrete con el resto de alumnos. Esta obligada convivencia es especialmente sufrida cuando, bien por su falta de eduación, bien por extraños prodigios de la naturaleza, uno no tiene más remedio que soportar las particularidades de sus vecinos.

Hablando de prodigios naturales, recuerdo un suceso que nos tuvo en ascuas durante algunos meses. Cada cierto tiempo, el aire de Gran Vía se volvía irrespirable. Una densa niebla londinense, sólo que incolora y horrendamente pestilente, se apoderaba del pasillo. Pensarán ustedes que exagero, pero empeño mi palabra en ello que ni un ápice. 
 
Recuerdo que comenté el caso a mis amigos y ellos confirmaron haber sufrido igualmente la experiencia en sus pasillos, sólo que las fechas no coincidían, ¿Cuál era la causa de aquella peste? ¿Por qué no acaecía simultáneamente en todos los pasillos? ¿Qué podía envenenar de aquel modo la atmósfera de unos corredores largísimos y bien aireados? Aquel fenómeno se apoderaba del pasillo, invadía los dormitorios a través de la rendija inferior de la puerta y, a pesar de estar abiertas las ventanas de los retretes y los baños, se atrincheraba entre aquellos vetustos muros aferrándose con tangibles uñas y dientes a sus paredes. No había resfriado ni taponamiento nasal que no detectara su
presencia.

Aquellas extraordinarias manifestaciones continuaron protegidas por el mito hasta que, llegado el día, el sagaz Titi disolvió con la luz del conocimiento las brumosas tinieblas del misterio.
- Es Miguelón (*).

Y narró cómo el fenómeno hizo acto de presencia tras la visita de este personaje a los excusados del Trompi. Después de aquella revelación, encajar todas las piezas del puzle fue un juego de niños. Miguelón vivía en Gran Vía. Consciente de las repercusiones medioambientales de su habilidad, procuraba no agostar los ecosistemas, por lo que salomónicamente diversificaba la contaminación entre los pasillos circundantes.

Aquéllo explicaba la asincronía de los sucesos. Es más, ahora todo el mundo recordaba haber visto a Miguelón furtivear por los servicios de su pasillo, algo bastante insólito, pues, por alguna extraña ley no escrita, cual aves empolladoras, el ser humano suele sentir predilección por un nidito en particular, al cual acude cada vez que la naturaleza presiona; es más, se sabe de especímenes que se estriñen si algún impedimento les aparta de su predilecta Casajuana (**).

Sólo la mediocridad es anónima. Lo sobresaliente, sea en el campo que sea, se abre paso por sí mismo. El caso es que, lejos de pasar inadvertido, como parecía era su deseo, Miguelón adquirió merecido renombre.
 
(*) Permitirán ustedes que mantengamos en el secreto el nombre del prodigioso individuo, pues no sé si le gustaría que se hiciera público.
 
(**) Casajuana era la marca de los retretes del Santa Cruz. No la conocía antes de llegar allí ni la he vuelto a ver en ningún otro lugar. Era expresión común de los huéspedes santacrucenses el “voy a Casajuana” para denotar la inexcusable obligación de satisfacer un imperativo natural.

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