3. EL DUELO

 Sería el mes de octubre cuando dos alumnos, ambos pesos superpesados, discutieron. La discusión subió de tono hasta convertirse en una cuestión de honor. La pendencia debía dirimirse sin remedio, con sudor y sangre si era necesario. No había otra solución: se retaron a un duelo singular. Ambos nombraron a sus padrinos, fedatarios del desafío y de su resolución. Ninguno de los dos, ninguno, estaba dispuesto a permanecer un minuto más en este mundo sin saber quien de ellos era capaz …de aguantar más tiempo sin cagar.

Desgraciadamente, no se resolvió en un minuto, sino que aquella cuestión mantuvo en ascuas a todo el colegio por espacio de una semana, lapsus tras el cual uno de los contendientes se vio forzado por la madre naturaleza a bajarse los pantalones...

Avisados de urgencia, el comité de arbitros se reunió precipitadamente y corrió a inspeccionar la majada. Tras unos minutos, el portavoz comunicó al resto del internado las dimensiones de la criatura: era toda una gallega. Ahora sólo quedaba que el otro duelista mostrase sus cartas, por aquello de haber jugado limpio y sin trampas. Los curiosos se arremolinaban en el descanso del pasillo, los jueces esperaban junto a la puerta de los servicios, y el virtual ganador, concentrado, solo frente a su destino, gallinácea humana, profería parturientos gritos desde las profundidades del excusado...

El Cabra me dio la noticia. Llegó emocionado, casi sin habla, extenuado por la carrera cual Filípides maratoniano. Su mano izquierda agarraba el extendido brazo derecho hacia la mitad del bícep con la mano cerrada, mientras jadeaba con una risita nerviosa: “ha puesto una barra y media”.

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