1. EL SANTA

 El Santa Cruz la Real es un monasterio dominíco que en 1988 dedicaba parte de sus dependencias a hospedar alumnos universitarios. Así, era más conocido en Granada como Colegio Mayor que como residencia monacal. Las dependencias del Santa Cruz se articulaban en torno a un precioso patio central, plagado de naranjos, con una fuente de agua que refrescaba y relajaba el claustro con su canto. Era un lugar donde se respiraba paz, las horas en las que los alumnos asistían a clase o estaban en sus habitaciones. En la planta baja se hallaba la portería y las dependencias comunes: el gimnasio, la sala de prensa, una cancha de futbol/baloncesto y el comedor. El comedor era una sala enorme de techos altísimos. Dibujando una C invertida, las largas mesas se disponían cercanas a las paredes. Cada grupo de amigos, clan, se congregaba en una de estas mesas que, si no era lo suficientemente numeroso, se veía obligado a compartir. Nuestra mesa siempre estaba a rebosar.

En las demás plantas estaban las habitaciones: celdas que constaban de cama, lavabo, armario empotrado, mesa de estudio y silla. Austeridad dominica. Las normas del colegio prohibían estufas de más de 1000 W, en parte por lo anticuado de la instalación eléctrica del colegio y, por qué no, por ahorrar en la factura de la luz. 1000 W contra el invierno granadino. Solíamos tener en la habitación un pequeño hornillo eléctrico con el que calentarnos un té o algo de leche. Estos enseres junto con una radio resumían todas nuestras comodidades en aquellos años sin teléfonos móviles.

Una de las alas estaba reservada para los dominicos que ejercían su labor en Granada. Las habitaciones de los estudiantes se distribuían entre varias plantas organizadas por pasillos. Cada pasillo disponía de servicios y duchas comunes, tres retretes y tres duchas, todo en estilo cuartelero. Había que calcular bien la hora de la ducha pues se corría el riesgo de escaldarse, si eras de los primeros, o de helarse, si ya se había agotado el agua caliente del termo. Una de las bromas pesadas del Santa Cruz consistía en desenroscar la alcachofa de la ducha y colocar en su interior un sobre de azafrán. Imagínense, bien temprano por la mañana, recién levantados, con el tiempo justo para desayunar e ir a la Universidad,... y luciendo un bonito color butano.

Recuerdo la escasa altura de las puertas de las duchas, similares a las de un saloon de una película del oeste, en cuya parte posterior una miserable percha permitía colgar el albornoz o la toalla. Así nació uno de esos deportes autóctonos del Santa, el jodding, una variante del jogging que precisa de dos personas para su práctica.  En primer lugar, el practicante en cuestión, voluntario forzoso en el atlético binomio, puesto a remojo a una hora temprana; y en segundo lugar, el entrenador personal, cuyo papel consiste en sustraer sibilinamente el instrumento de secado del que se está duchando y en salir corriendo a todo trapo dando carcajadas. Así, formaba parte del paisaje invernal ver a algún santacrucense correr animadamente a primera hora de la mañana chorreando agua en traje de Adán por aquellos pasillos helados.

Los pasillos del colegio tenían nombre. Yo vivía en Gran Vía, en un cuarto con unas bonitas vistas a la Alhambra y al Manuel de Falla. Mis amigos se repartían entre el Trompi y el Submarino, ambos típicos pasillos de novatos. Los alumnos más veteranos disponían de las mejores habitaciones, en Chana y Monjas, con recibidor y baño propio.

La biblioteca se hallaba en la primera planta, una sala magnífica con estanterías que se encumbraban hasta aquellos altísimos techos. Entre la cima de los estantes y la bóveda, una secuencia de cuadros ennegrecidos por el tiempo recordaban el paso por el monasterio de antiguos priores. Entre todos, destacaba el retrato de Fray Tomás de Torquemada. Si uno quería perderse y que no lo encontrase nadie, el mejor sitio era la desierta biblioteca... salvo a partir de las doce de la noche, hora oficial de cierre de las instalaciones deportivas, en las que los insatisfechos atletas del Santa Cruz apartaban mesas y sillas, y proseguían sus duelos futbolísticos bajo el atento arbitraje del famoso inquisidor... ¡Cuántos de éstos herejes del conocimiento no habrían ardido como teas siglos atrás!

La anécdota anterior les brinda una clara idea de las dimensiones de la biblioteca, así como de la afición al estudio del universitario típico del Santa Cruz.

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